Receta contra el insomnio

11 febrero 2010 en 9:00 am | Publicado en Uncategorized | 1 comentario
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Hoy, me decido a escribir para ti. Sí, no mires a los lados: estás sól@.

¿Sábes por qué hago esto? Porque sé -no me preguntes cómo- que hay noches en que la madrugada te tiene en vela: que el sudor frío hace salir de ti el calor que por ser vivo se te supone, y quedan solos los pensamientos, sin posibilidad de cobijo ni de sueño.

Sé también que te traiciona la confianza que en sociedad muestras: que el miedo se apodera de tu cabeza, y agarrota la voz y las lágrimas.

Me han dicho también qué pensamiento te roba el sueño: despiertas pensando que no pensarás; que no despertarás. Y, curiosamente, lo que te asusta es no saber si será mañana. No puedes dormir, sospechando que no has de amanecer. Y, una simple frase, una pregunta sin respuesta, de la que acaso te reíste, tumbado en el cesped, en compañía y calor del sol, martillea ahora el cerebro hasta hacer temblar la sien: ¿Y ya está? ¿La vida sólo era eso?

Duérmete: no es mi intención de que suspendas el examen de mañana -por cierto, te deseo suerte- pero párate un minuto a pensa: si me muero AHORA, ¿Qué podran decir de mi vida?

Filantropofobia

7 febrero 2010 en 4:20 pm | Publicado en Uncategorized | 2 comentarios
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Acabo de leer un artículo genial, de Miguel García Rodríguez:

Hace unas semanas, cuando los cancerberos del progreso saltaron a la yugular del obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, por sus palabras sobre lo ocurrido en Haití, estuve pensando que no sólo era guapo, católico y razonable, sino también filántrofobo y solidariófobo, es decir, que me aterra el humanitarismo moderno tan de moda en las hedonistas sociedades occidentales promovido por las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que se pelean todos los años con uñas y dientes por limosnear las perrillas del contribuyente, con lo que sería mejor que fueran quitándose la “N” de su acrónimo  . Y no es que quiera defender al obispo, pero leyendo Hombres en tiempos de oscuridad de Hannah Arendt me dí cuenta del vacío intelectual y moral actual. La escritora decía así

“Los tiempos modernos y la antigüedad concuerdan en un punto: ambos consideran la compasión como algo totalmente natural, tan ineludible para el hombre como, por ejemplo, el miedo. (…) Al reconocer tan claramente la naturaleza afectiva de la compasión, que puede vencernos al igual que el temor sin que podamos evitarlo, los antiguos consideraban que la persona más compasiva no tenía más derecho a ser llamada mejor que la más temerosa. Ambas emociones, por ser puramente pasivas, hacen imposible la acción. (…) Nos resulta aún más sorprendente cuando oímos que los estoicos consideraban la compasión y la envidia bajo los mismo términos. Cicerón mismo se acerca bastante al núcleo de la cuestión cuando pregunta: ¿Por qué sentir pena en lugar de ayudar si se puede? En otras palabras, ¿los seres humanos serían tan viles que son incapaces de actuar humanamente a menos que sean acicateados y por lo tanto obligados por su propio dolor cuando ven sufrir a los demás?”.

El problema del humanitarismo moderno, además, no sólo se reduce a lo anterior para la escritora alemana, sino que fundamentalmente hay otros dos problemas con la compasión. El primero es que tiene un carácter igualitario, esto es, que nos hace sentir lo mismo por aquel que se muere de hambre que por un asesino, y por otro, que no es capaz de producir ningún tipo de discurso político ya que lo instintivo se caracteriza por su mutismo, es decir, que por mucha ayuda que proporcionemos todos los Estados occidentales a este devastado país, el hecho es que desde este lugar azotado por la madre “Gaia” sigue saliendo dinero para reducir la deuda externa que tiene con los demás Estados que ahora mismo le proporcionan ayuda. ¡Seremos fariseos!

Tanto la solidaridad, el humanitarismo y la filantropía son un afecto, un sentimiento que no exige transformación moral, a diferencia de la caridad, que exige un cambio personal profundo. Es decir, mientras que las primeras son sentimientos, y por lo tanto, pasajeros, la caridad conlleva acción, independientemente de tus afectos o sentimientos. La solidaridad, en palabras de Pierre Manent, es una actitud que se resume en que “al ver sufrir al otro pienso en mí, retorno a mí mismo. (…) Este sufrimiento que percibo con tanta fuerza no le experimento efectivamente, y sé bien que no lo experimento efectivamente y disfruto por eso, experimento el placer de no sufrir. Así, tanto el humanitarismo como la solidaridad son un sentimiento altruista que tiene dos motivos o dos componentes egoístas: el miedo de uno mismo a sufrir y el placer de uno mismo de no sufrir. Fundar una moral social sobre la piedad no tiene por lo tanto nada de idealista o de utópico. (…) Cultivar la piedad y la compasión no tiene nada de heroico, pues lo motivos de la piedad están el egoísmo de cada uno”.

Este humanitarismo, solidaridad o filantropía que se dirige únicamente al cuerpo, a la parte de sufrimiento animal que posee todo hombre, tiene algo de cómico y mucho de peligroso. “Divertido” porque produce iniciativas parlamentarias en España como los Derechos del Mono, que si bien es un hecho anecdótico, refleja la concepción terrible que tenemos sobre nosotros mismos: la rebaja de nuestra grandeza humana a una concepción animal de la persona, lo que nos lleva a pensar en la parte catastrófica que tienen estos dos conceptos: a través de la solidaridad se defienden posturas totalmente inhumanas como el aborto, si esa vida no va a tener la suficiente calidad de vida, o la eutanasia, por el motivo anterior. Ahora ya no importa el qué, sino el cómo, fruto del Estado del Bienestar y del pensamiento moderno, que no mira el significado de las cosas, sino su significante. Nos comportamos como animales, pero no como personas. Es decir, lo importante es la calidad de vida, pero no la calidad del amor. Contra esto, imitar en lo que se puede a la madre Teresa, una gran revolucionaria.”

La Historia de Ricardo

16 octubre 2009 en 3:02 pm | Publicado en Uncategorized | 1 comentario
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Espero que mis lectores hayan percibido ya que utilizo nombres falsos. Faltaría más: pero las historias son reales.

Puede llegar a tenerle un aire
Puede llegar a tenerle un aire

Ricardo era un tipo de pueblo, de esmerada educación en maneras pero no en conocimientos. Trabajaba de técnico en una nave industrial, y cuando una matriz se rompía (no me preguntéis qué es una matriz) dibujaba por su cuenta y riesgo los modelos de matriz con una precisión tal que servían para hacer el reemplazo: de tal modo que se podría decir que fabricaba sus propias matrices.

A la vez que trabajaba, estudiaba, y dormía apenas una hora por las noches, pues quería entrar en una academia europea que preparaba para ciertos conocimientos prácticos que le vendrían muy bien.

Se encerraba en el cuarto de baño con una mesa y una silla, para que no le molestaran mientras estudiaba, y se pegaba 4 ó 5 horas seguidas antes de marcharse a trabajar.

Un día, el jefe de la nave, enfadado por la falta de cualificación profesional de los peritos -que eran los que más cobraban- , bajó a la zona de los trabajadores y vio uno de los bocetos para matrices que había preparado Ricardo. Se fue hacia el jefe de máquinas y le preguntó: “¿Quién ha hecho eso?”. Le respondió el jefe: “Ese de ahí”, señalando claramente a mi protagonista. Me dijo que para disimular tuvo que pararse, pues le temblaba el pulso cuando escuchó al jefe decir: “Dile que suba a mi despacho. Y que se traiga el dibujo“.

Me reconoció con lagrimas en los ojos que había sido el día más feliz de su vida: y realmente, saber que eso había ocurido hacía más de cincuenta años, me hizo pensar que a este hombtre la sobraba media vida. Pero sigamos con la historia.

Subió al despacho con un temblor de piernas que no pudo quitarse ni con la calma de un cigarrillo. Una vez entró dentro, comprobó que todos los peritos industriales estaban sentados alrededor de una mesa. El jefe les estaba echando una buena, pero cuando entró Ricardo, le invitó amablemente a sentarse, y tomando sus planos, recriminó a los demás presentes: “¿Cómo es posible que un hombre sin estudios pueda hacer vuestro trabajo de esta manera, mientras vosotros perdeis tiempo y dinero en calculos estúpidos?”

Mientras me lo contaba volvieron a salirle lágrimas, y volvió a decir: “Me emociono de pensarlo, de verdad que me ponía de ejemplo. Ha sido el día más feliz de mi vida”.

Lo cierto es que esa es toda la historia de Ricardo. Le triplicaron el sueldo esa mañana, y se convirtió en el adjunto al director, “yo, que era una chico de pueblo sin ninguna aspiración“, y por fin pudo dedicar su tiempo libre a lo que le gustaba: pintar cuadros al óleo, sobre pueblos que lucían un gran campanario en la iglesia: pueblos castellanos de pura cepa. Como él.

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