Si vais por la carrera del arrabal

8 febrero 2010 en 9:00 am | Publicado en Uncategorized | Deja un comentario
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Un poema procedente de Hijos de la ira, de 1944, libro que supuso un revulsivo en el panorama cultural de la posguerra española y que condicionó gran parte de la literatura posterior. Su autor: un inconfundible Dámaso Alonso.

Si vais por la carrera del arrabal, apartaos, no os inficione mi pestilencia.

El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción quiso que fuera este mi cuerpo,

y una ramera de solicitaciones mi alma,

no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer de amor al príncipe,

sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano,

sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,

que ya ha olvidado las palabras de amor,

y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada.

Yo soy la piltrafa que el tablejero arroja al perro del mendigo,

y el perro del mendigo arroja al muladar.

Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo de la miseria,

mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,

y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también la podredumbre,

mírame,

yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha,

yo soy el excremento del can sarnoso,

el zapato sin suela en el carnero del camposanto,

yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que nadie compra,

y donde casi ni escarban las gallinas.

Pero te amo,

pero te amo frenéticamente.

¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,

deja que me pudra hasta la entraña,

que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser,

para que un día sea mantillo de tus huertos!

Hoy tengo Introducción a las ciencias Jurídicas, con el ilustrísimo Manuel Núñez Encabo , Mañana Opinión Pública, y pasado Producción en Nuevas Tecnologías.

Pasión por la Poesía, Poesía por la Pasión

9 abril 2009 en 12:52 pm | Publicado en Uncategorized | Deja un comentario
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¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

 pues no te abrí! ¡Qué estraño desvarío

si de mi ingratitud el yelo frío

 secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:

Alma, asómate agora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía!

¡Y cuántas, hermosura soberana:

Mañana le abriremos –respondía–,

para lo mismo responder mañana!

 

Lope de Vega

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