la muerte “dulce”

30 junio 2008 en 2:47 pm | Publicado en Uncategorized | Deja un comentario
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Hace aproximadamente ocho meses, en el foro que montamos los de 1ºC de Periodismo, alguien me retó en un debate a que expusiera mi opinión sobre la “eutanasia”. En aquel momento rehusé tal proposición. Creo que ha llegado el momento de darla a conocer –o más bien, argumentarla: mi opinión es de sobras conocida-.

Me gusta partir siempre del mismo punto; la dignidad del ser humano como tal. ¿De dónde su dignidad? ¿Qué nos diferencia de una rata, de un ciervo o de una bacteria? Todos los citados son seres vivos, y, en concreto, dos de ellos, primos hermanos nuestros -en cuanto a que son mamíferos, se entiende-. Entonces, ¿De dónde nuestra dignidad? ¿Por qué existe una declaración de derechos del hombre y no una del ciervo, de la rata o de la bacteria?

No me estoy yendo por las ramas, ni me voy a incluir entre los miembros de la protectora de animales, dado que creo haber llegado a una solución para ese dilema: el hombre tiene una dignidad especial en cuanto a que es capaz de autoposeerse, y en cuanto a que puede concebirse y conocerse.

Un ser vivo –poned el que queráis; desde el chimpancé hasta el protozoo más rudimentario- sólo existe en cuanto a que es parte de un medio, y su vida consiste y se engloba en las relaciones que mantiene con su entorno.

El hombre no. El ser humano, por definición es un ser con “vida interior”, si podemos llamarlo así: tiene una vida íntima, personal, capaz de pensarse y representarse.

Espero no estar siendo muy espeso; ahora paso al argumento firme: el homicidio es un delito grave porque cortas una vida de la que no eras dueño: porque todo hombre, por el mero hecho de ser hombre ha de ser dueño de sí. (De ahí también el derecho primordial a ser libre.)

Como sabemos desde que Kant lo promulgara hace ya varios siglos, los derechos y normas morales han de establecerse en términos universales: lo que es bueno para todos es bueno para cada uno, y viceversa.

Pues bien: ¿Qué es la eutanasia? Cortar las vías ordinarias que permitirían al afectado seguir viviendo –ya sea por dejar de suministrarle comida o por inyectarle un veneno mortal-, con la “excusa” –permitid el entrecomillado- de que “lo está pasando mal”, de que no se puede valer por si mismo, o incluso, de que “si fuera consciente así lo querría”.

A mi juicio, el colmo de los despropósitos.

He aquí mi conclusión: el argumento principal pro-choice (por llamarlo de alguna manera) esgrime esa libertad inherente del individuo: si decide “dejar de sufrir”, tenemos que respetar su decisión, y ayudarle a cumplir sus deseos, dado que, si el pudiera, se quitaría la vida. Y te dirán además que lo hacen “por amor”: no podían negarse a su última voluntad, con lo que le querían.

1º Dudo mucho de que, si su última voluntad fuese el suicidio comunitario de su familia (qué se yo, hay gente “pa’tó”), le hicieran el suficiente caso como para que muriese feliz.

2º En el 90% de los casos el sufrimiento se refiere a un dolor físico, ya sea por una enfermedad muy dolorosa o por una discapacidad (véase Ramón Sampedro, en “Mar adentro”). Si tu amigo del alma no tiene un dolor físico especial, pero sí una depresión muy grande, y te da un arma para que le dispares, argumentando que no quiere seguir viviendo pero que no tiene valor para matarse, ¿Lo harías? Si respondes que no: ¿Por qué discriminar el dolor psicológico? Si piensas que sí lo harías, espero –no te ofendas- no tenerte nunca como amigo/a.

3º Viene enlazado con el anterior, y aparece con cierta frecuencia –tampoco demasiada- en los medios. Un hombre o una mujer, se suben a lo alto de un edificio y amenazan con suicidarse. A veces piden algo a cambio, otras veces no. ¿Qué hace la gente? ¿Le da ánimos en plan tu puedes chavalote, venga, es un pasito nada más y vas a dejar de sufrir? ¿O llaman a los bomberos, que se afanan por rescatarlo? Y nadie protesta en la opinión pública porque no se haya respetado su derecho a quitarse la vida. Y, ¿Por qué? Porque ese derecho NO EXISTE.

Si se legalizase la eutanasia se legalizaría el asesinato, el suicidio, y sería un coladero perfecto para un montón de médicos plutócratas de toda índole -¿Quién va a comprobar que el pobre ancianito con millones en la cuenta, no ha pedido una muerte, porque ya estaba cansado? Una opción es pedir su consentimiento por escrito y ante notario: podemos crear una nueva figura jurídica: la del notario mortuorio, o mortal, que suena así más rimbombante. O podemos pasar a la ley de nuestro estimado amigo germano Adolfo: Todos los discapacitados, los mayores de X años y tal… A la cámara de gas.

No sé porqué, ninguna me parece una solución viable.

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