La ancianidad a debate

11 noviembre 2008 en 8:00 pm | Escrito en Uncategorized | 3 comentarios
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fjb

Puerta de la comisaría de Pío XII (Madrid): son las 7:20 de la mañana, la hora a la que hay que acudir si quieres renovar tu DNI (Documento Nacional de Identidad) de inmediato, sin aguardar tu turno en una lista de espera inmensa.

Cuando llegué a la puerta ya había gente esperando: algunos habían llegado a las 7, o incluso antes. Dos ancianas estaban en primer lugar, y sólo compartían el estar ahí, y el ser ancianas. La que encabezaba la cola era una anciana simpática, de estas que eran unas pícaras de pueblo en su juventud: vestía con un especie de blusón, unas chanclas -aun era verano- y un abrigo de gomaespuma abierto.

La segunda era el ocaso de una señora respetable, con un gesto un poco retraido o contenido: quizá introvertida en sus movimientos, algo comedida.

Hablaban de las vanalidades del tiempo, de lo injusto de la espera, de lo ancianas que eran… La primera de forma chavacana y graciosa; la segunda citando a poetas. De vez en cuando nos citaban a alguno de los que estabamos allí con algunos años menos, y decían la consabida frase de “quién fuera joven”.

Por fin, entraron en el gran tema de discusión al que quiero dedicar ese post: comenzaron a hablar de lo cara que estaba saliendo la hipotéca “con eso de la crisis”. Y entonces, la anciana expansiva, la de pueblo, comentó:

-Pues en la caja donde yo trabajo, tengo una compañera que lleva viviendo en su piso sin pagar el alquiler durante dos años, y los dueños no la pueden echar porque la ley no lo permite -exhaló aire fuerte y declaró- ¡Si es que se le quitan a una las ganas de ser honrada!

Sin embargo, a la señora de alta cuna le mudó el gesto, y haciendo un mohín y midiendo mucho sus palabras, declaró:

- Pues usted perdone, pero la verdad es que su amiga a mí lo que me parece es que es una sinvergüenza. -y sobre la marcha se puso colorada, tal vez sorprendida de su atrevimiento -pero sin faltar.

- No, si no se preocupe -la expansiva era todo palabras y nada pudor- si yo he dicho compañera, pero digo, que la envidia es terrible…

- Ah, pues ahí yo no pienso como usted -la “pija” volvía al ataque, con redoblados esfuerzos por parecer al turno contundente y bien educada-: a mí no me da ninguna envidia una persona que se salta la ley…

Lo cierto es que la discusión siguió por otros derroteros, y las dos seóras siguieron constatando sus diferencias. Yo me quedé con ese debate: ¿La ley es un contrato social que todos debemos cumplir porque si no los demás sienten envidia? ¿El derecho es sólo un acuerdo de paz entre todos los individuos en base a sobrevivir? ¿No hay nada más, y por eso sentimos envidia?

La respuesta de la anciana elegante era mucho más esclarecedora: no basta con cumplir la ley, o con encontrar esquinas sin definir: lo importante en esta vida es ser honrado, aunque aparentemente no me reporte ningún beneficio (como digo, aparentemente).

Sin embargo, ese mismo debate lo propuso Sócrates hace muchos siglos: ¿Es preferible padecer o ejecutar la injusticia?

ÉL se moja: es mejor padecerla, porque -partiendo de la inmanencia del actuar humano- todo acto afecta al ser humano; y , por tanto, quien comete una injusticia se hace injusto, y no ocurre así en el lado contrario.

Ahora, os toca.

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